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lunes, 3 de agosto de 2026

La UdeA es la más investigadora del país, a pesar de sí misma

En días pasados apareció la noticia de que la UdeA lidera el ranking nacional de universidades con el mayor número de investigaciones científicas. A pesar de que este es un indicador bruto que no determina el impacto o pertinencia de esta investigación, sí es de destacar que la UdeA supere a las bien financiadas universidades del top 5 como son la Nacional Sede Bogotá, los Andes, la Javeriana y la Universidad de la Sabana. Por esta distinción, yo quiero reconocer a los investigadores de la UdeA, y muy especialmente a la labor de todos los vicerrectores administrativos, sí, los administrativos, porque son ellos en últimas los que han "sudado" la camiseta para pagar los incentivos que mueven la rueda de la investigación, y al hacen posible que la UdeA ostente esta posición. De paso, gracias a los profesores y administrativos que hacen extensión, porque con su aporte, se paga lo que el presupuesto no alcanza. 

Sin embargo, el éxito en este ranking es un triunfo agridulce. Por un lado, es muy bueno ver a la UdeA arriba en un indicador tan importante que espero pueda capitalizarse. Pero de otro lado, es triste que este triunfo sea esencialmente el resultado de una sumatoria de iniciativas individuales o grupales, y poco o casi nada, del resultado de una política de universidad proveniente de un proyecto colectivo. En otras palabras, en el único indicador en el que la UdeA está arriba en Colombia, mi percepción es que la UdeA como institución, realmente tuvo muy poco que ver. 

Hay que considerar que la investigación es la única actividad misional de la universidad que trabaja con un viento (huracán) de cola: El decreto 1279. Y después de 16 años de trabajo en la UdeA, la experiencia propia y de mis colegas me ha indicado que el éxito en este ranking depende esencialmente de dos componentes: el componente humano, con la tenacidad, ambición, organización, pasión y hasta la explotación laboral de algunos investigadores, y el gran incentivo que representa el controvertido decreto 1279, que promueve el aumento del salario por la generación de producción académica. Pare de contar.

Yo reconozco que mi experiencia es parcializada y circunscrita en un área específica del conocimiento, sin embargo, diría que en el 99% de lo que yo, o cualquiera de mis colegas de departamento hemos publicado, nunca la UdeA como institución tuvo algo que ver en cuanto al proceso de generar esa investigación. A lo sumo el apoyo vino del primer proyecto, las colecciones digitales de la biblioteca, el entorno mismo académico, la participación en el consorcio Colombia y el permiso de descargas de hora de cátedra por proyecto inscrito. Un proceso absurdo y notarial que pone a una persona a solicitar un aval para poder investigar en un tema, cuando esta misma persona acaba de ganar un concurso público de méritos por ser supuestamente el mejor en ese tema. 

Diría además, que para la gran mayoría de los investigadores de la universidad, las convocatorias CODI son prácticamente imposibles de obtener, incluso si se logran puntajes de 93-94 sobre 100 en la calificación de las propuestas. También, le agregaría que para la mayoría de los investigadores, la SIU, y los privilegios que se gozan allí, son inaccesibles, incluso si su grupo es A1.  Y añado que en 16 años solo una persona de mi departamento se ha podido ganar una convocatoria CODI. Proyectos elegibles, sí, y muchos. Y hay que aclarar que estamos hablando de un departamento con dos grupos de investigación que han ganado proyectos de regalías, y con clasificación A de Minciencias, que podrían haber sido A1 si la UdeA hiciera bien su trabajo notarial de aprobar los productos por los cuales ya ha pagado puntos salariales, pero que por no estar en la base de datos de la unidad académica correspondiente, no son reconocidos ante Minciencias.

Muchos investigadores asentirán conmigo que lo que han podido publicar ha sido más a pesar de la UdeA como institución, que por la UdeA. El investigador que llega fresco de un doctorado se encuentra con tres cursos mientras logra montar el proyectico, está de buenas si no lo inaguran con el trámite de un registro calificado, se debe enfrentar a los procesos absurdos como la inscripción de un proyecto, y en algunos casos, "torear" jefes de departamento o asistentes del decano que todavía no entienden el por qué usted quiere pedir horas de su plan de trabajo para investigar. También, se enfrenta a dinámicas particulares de poder en grupos de investigación, y una ausencia total de un entorno institucional que le plantee unos derechos y deberes. Pero eso sí, el neófito será bombardeado con una lluvia de convocatorias y "oportunidades" que expiran en 15 días o a lo sumo un mes.

El investigador que sobrevive a esto, logra hacer unos puntos salariales capitalizando los artículos y las relaciones que le quedaron del doctorado. Después, si no hay una sanción a su grupo de investigación porque una persona debe un producto, usted recibirá la bendición de su primer proyecto que lo tendrá entretenido (y libre de desarrollar uno de los ejes misionales) por dos años. Terminado este proyecto, usted está como al principio: Solo frente a un Leviatán que no tiene reglas públicas. Únicamente los cantos de sirena del 1279 y el afán de conseguir ese etéreo activo académico llamado prestigio, se vuelven el gran incentivo para hacer de la resiliencia un estilo de vida.  

Naturalmente, esta no es la historia de todo el mundo, pero sí de casi todo el mundo. Yo celebro la iniciativa de la Unidad Institucional de Gestión de Proyectos (UIGP), creada conjuntamente entre la Universidad de Antioquia y la Fundación Universidad de Antioquia. Sin embargo, llama la atención que los dos días de taller se hagan precisamente en la SIU, y no en un lugar más cercano a todos los investigadores de la UdeA.

Muchas veces he llegado a pensar que el abandono de este eje misional y su entrega a las iniciativas titánicas de unos individuos, se debe a una racionalidad concreta y cierta: por cada artículo que se publica en la UdeA, la institución se desfinancia aún más. Y por esto, a pesar de que sacamos pecho con el ranking, sabemos como institución que el costo para la UdeA es insostenible.  

Finalmente, creo que la gestión de la investigación en la UdeA debe ir mucho más allá de consentir a sus estrellas históricas, realizar trámites notariales y mandar información de convocatorias. Necesitamos unos lineamientos clave sobre la pertinencia, la estrategia y la ética de la investigación de la UdeA de cara a Colombia y al mundo. Necesitamos una hoja de ruta para integrar y guiar a los nuevos profesores. Necesitamos generar unos mecanismos de financiación de investigaciones más acordes con la dinámica de cada disciplina y que no perpetúe un sistema de éxito a los exitosos. Necesitamos en últimas, liderazgo, norte y recursos, y un aprovechamiento real de las capacidades de los investigadores de la UdeA. Ya mostraron que a pesar de todo, pueden producir más (y ojalá mejor) que sus pares en otras universidades nacionales. 

sábado, 6 de junio de 2026

La defensa de la universidad en este mundo posmoderno: ¿Un problema educativo o financiero?

La educación universitaria está enfrentando un gran reto impensable hace 15 años: justificar su pertinencia. El alcanzar un título universitario, la vía hasta ahora más segura para lograr la movilidad social, perdió su monopolio. La nueva tendencia es que el saber práctico es más importante que el solo saber, y desde que las nuevas tecnologías y plataformas digitales lo han posibilitado, incluso sin un saber y solo con el ser, se puede construir un patrimonio lícito a un costo infinitamente menor. Además, ¿para qué universidades  si las empresas y organizaciones tienden a demandar competencias en vez de profesiones?, o lo que es peor aún ¿para qué universidades si existe la inteligencia artificial que puede hacer el trabajo de un profesional?

Para pensar en la relevancia futura y presente de la universidad hay que considerar varias cosas. La primera es que hay que reconocer que el hacer parte de una comunidad académica es también una forma de vida necesaria en la sociedad. Quizá más ahora que en cualquier otro momento. En el ideal, una comunidad académica debería buscar la verdad independientemente del rédito económico, posibilitar la libertad de investigación, ser un ejemplo de autogobierno, ser el salvaguarda del pensamiento crítico, del rigor intelectual, la universalidad del conocimiento, el mérito académico, la integridad y la honestidad, y todo esto, ojalá para el servicio a la comunidad. 

En algún lugar del mundo debe haber un espacio en el que exista una comunidad que pueda generar productos que estén más allá de la verdad conveniente, del mínimo viable, del límite del acuerdo contractual o la sostenibilidad financiera. Una comunidad que pueda estudiar y pensar la realidad sin la presión del rendimiento a corto plazo, y pueda generar un conocimiento que sea prioritariamente veraz, más que útil, o rentable. Creámoslo o no, mucho o casi todo sobre lo que está posada la civilización moderna, depende de la labor paciente y silenciosa de la preservación del conocimiento "inútil".

Lo segundo, es que hay que considerar que en una misma comunidad académica confluyen la  universidad investigadora y la universidad educadora-certificadora. La universidad investigadora estudia y propone ideas creativas de acuerdo con las necesidades y problemas provenientes de las diferentes disciplinas del conocimiento. La universidad educadora-certificadora se ocupa en el ejercicio de la trasmisión y la certificación de un conocimiento a las personas que pagan por este servicio. Esta universidad debe responder principalmente a las demandas de un mercado y la sociedad. Esta es la universidad del 92% de los estudiantes que no están buscando un futuro académico como investigadores, y es precisamente sobre este tipo de universidad, sobre la que recaen todos los cuestionamientos sobre su necesidad de replanteamiento y pertinencia. Y esto se debe principalmente a que la tecnología posibilitó la existencia de productos educativos que son aceptados por las empresas como sustitutos a la educación formal, y a muy bajo costo dados los descuentos que posibilitan  la virtualidad (ahorro de campus) y la IA (ahorro de profesores). 

Naturalmente, esto es y será devastador para las universidades públicas o privadas que se financian principalmente por recursos de matrículas. Si analizamos la distribución del ingreso de las universidades públicas líderes en Latinoamérica, veremos que se distribuye así:  Recursos públicos que esencialmente cubren costos de matrículas está entre un 50–90%, Investigación y contratos entre un 5–20%, Matrículas, entre un 0–20%, Educación continua y servicios entre un  2–10%, y Donaciones y patrimonio menor o igual al 5%.  Por su parte, las universidades privadas líderes de Latinoamérica la distribución de sus ingresos es muy semejante: Matrículas (60–85%), educación continua, consultoría y servicios (5–15%), Investigación financiada (5–15%), las Donaciones  (1–10%) y Rendimientos patrimoniales ( <5%). La gran dependencia de la universidad en su función educadora-certificadora es esencialmente su mayor vulnerabilidad. A menos que se meta en el "juego" y se apropie de estas tecnologías.

De otro lado, si se analiza la forma de financiarse de las universidades más reconocidas del mundo (Ivy league y otras) podremos ver que en la distribución de sus ingresos, la dependencia en  las matrículas NO tienen el mismo peso. Los rendimientos de fondos patrimoniales está entre el 30–40%, los recursos de investigación financiados por gobiernos, empresas, fundaciones constituye un 20–30%, las matrículas están entre un 15–25%, las donaciones (clave para estas universidades) está entre el 5–15%, y otros servicios como residencias, alimentación y educación continua proveen entre un 5–20%. Una composición del ingreso muy diferente y con una gran similitud a las comunidades monásticas que buscan autosostenerse para poder pagar su estilo de vida. 

Eso explica por qué Harvard, MIT y Stanford no están enfocadas en la educación virtual y sí en la educación presencial, la investigación de frontera, la interacción directa entre estudiantes y profesores, la potenciación de laboratorios e infraestructura científica, la configuración y apoyo de redes académicas y profesionales, y el fomento de las experiencias extracurriculares y vida universitaria. Todo esto, está aún en donde la tecnología todavía no ha podido sustituir al hombre, y a lo mejor no lo deba hacer. 

No sé cuál de los dos modelos triunfará, en el primer modelo (dependiente de las matrículas) se tiene una amplia cobertura, y quizá una aceptable o muy buena transmisión de información que no sé si esto es igual a mejor educación. El segundo modelo (no exclusivamente dependiente de matrículas) es elitista, ofrece la posibilidad de la interacción humana y en últimas es el modelo que incorpora el elemento humano. En estos dos modelos se debaten el acceso a  la información versus el acceso a la experiencia. En otras palabras, el primer modelo propone una clase con el avatar de Sócrates, mientras que el segundo, una clase con Sócrates mismo. Con sus defectos y virtudes.

Lo que sí sé es que el primer modelo depende del segundo, pues el segundo es el que dirige y genera  la información que capitaliza el primero. También sé, que solo en el segundo modelo mi estilo de vida, el de muchos de mis colegas y estudiantes tiene cabida. Pero también sé que en este mundo, infinitamente más rico en recursos que el mundo antiguo, es paradójicamente más intransigente con el ejercicio de comunidades que se dedican al conocimiento "inutil" y la contemplación de lo bello. Nuestro estilo de vida no puede estar sobre las espaldas de nadie, tanto por justicia como por seguridad. Nuestro futuro dependerá enteramende de que podamos financiar nuestra independencia e irremplazabilidad, y de que encontremos en la labor educativa, la esencia de lo que no pueden hacer las máquinas. 

lunes, 18 de mayo de 2026

El avance de la educación virtual: entre la formación y la simulación

La panacea 

Mientras que muchas universidades en Colombia han observado con preocupación el decrecimiento sostenido de las inscripciones a los programas presenciales, las universidades que ofrecen programas en la modalidad virtual no paran de tener demandas crecientes. No es de sorprenderse el hecho de que la universidad con más estudiantes en el país es la Universidad Nacional Abierta y a distancia, UNAD, con unos 339.000. Esta, está lejos de la segunda universidad con más estudiantes, Uniminuto con 92 mil, y la tercera, la Nacional con 55 mil.

Desde la pandemia, me vi obligado a dictar clase en la modalidad virtual como casi todos los docentes. Al principio la experiencia fue desafiante, pues en la virtualidad la relación docente estudiante se parece más a la de locutor audiencia. Posteriormente, también advertí las ventajas: la sistematización de la evaluación, las sesiones pregrabadas, el tamaño de la audiencia, y por ende, el alcance del mensaje. Quizá, la mejor de todas, ha sido la no localidad de la sesión. Es decir, la posibilidad de estar conectado con personas en cualquier rincón del país. Recuerdo un curso en el que después de una interacción con cuatro estudiantes había "recorrido" de Sibundoy Putumayo, a Bucaramanga Santander, luego a Bahía Solano Chocó, y finalmente a Cáceres, Antioquia. Una maravilla. La propuesta educativa de la Universidad de Antioquia estaba llegando a los confines más apartados de la geografía colombiana, cerrando por fin una brecha injusta.

Durante la pandemia yo mismo tomé un curso virtual en informática con otros 2.500 estudiantes de todo el mundo. No conocí a ninguno de ellos, ni tuve una relación con el profesor, sin embargo, yo aprendí lo que necesitaba de un material pregrabado, escuchando a un célebre profesor de Stanford, y pensé que el modelo se podía imitar en la UdeA, con ciertas mejoras. La pandemia terminó y yo seguí con mi experimento, dicté cursos masivos de más de 50 estudiantes, pues ¿Cómo le iba a exigir a la universidad que me asignara solo 25 estudiantes, cuándo en el mundo los cursos virtuales están pensados para cientos de ellos? Además, la crisis económica de la universidad me dio la motivación perfecta para insistir en mi aproximación. Yo estaba haciendo el trabajo de tres profesores ¡Qué productividad! ¡Que ahorro para el Alma Máter! Sacaba pecho con la esperanza de que algún día la universidad copiara y notara mi iniciativa.

La experiencia

Mi experimento iba avanzando por varios semestres, y  fueron pasando varias cosas que me iban mostrando otro panorama, la pandemia fue cediendo, los estudiantes, y especialmente los estudiantes trabajadores, que son en mayoría las personas que están demandando los programas virtuales, volvieron a sus puestos de trabajo. Los silencios en la clase se volvieron más prolongados y la participación era mínima. En las sesiones por Zoom, me daba cuenta que mantenía una interacción fluida con quizá 10 estudiantes, de las 50 o 60 personas "conectadas-desconectadas" que nunca abrieron la boca y que permanecían aún en la sesión, a pesar de que la clase ya había terminado. 

El número de conectados disminuía en tres meses del 100% al 25%, y llegaba a su mínima expresión cuando la gente ya contaba con el promedio que les garantizaban el 3 para pasar el curso. Me consternaba mucho el identificar que la nota final que sacaba la mayoría, no correspondía con mi percepción del nivel de aprendizaje de los estudiantes. 

También me percaté de que el tipo de estudiante que demanda esta modalidad no es en promedio el mismo de la presencialidad. Muchos de ellos se inscriben al programa, para obligarse a estudiar, como lo hace uno cuando compra la subscripción a un gimnasio, o al curso de inglés que sabe que necesita. Otras personas, sólo demandarían la modalidad por el título profesional y nada del aprendizaje. Muchos son técnicos que requieren del título para crecer en la empresa y subir el sueldo. En general, la mayoría son gente ocupada y con unas grandes presiones para acabar fácil y rápido, aprovechando sin ningún miramiento cualquier tipo de "papaya" que yo les de. Además, muchos vienen de regiones en donde la corrupción y la trampa son mucho más rampantes, y la trampa en la UdeA es para muchos parte de lo mismo. Es duro y triste decirlo, pero es la verdad.  

Para rematar, el lanzamiento del ChatGPT el 30 de noviembre de 2022, y su conocimiento y dominio desde entonces, les dio a los estudiantes la capacidad de presentar trabajos y resolver exámenes sin saber absolutamente nada. Los profesores de matemáticas, física e ingeniería hemos venido sintiendo la pérfida mejora. Estudiantes con buenas notas que no tienen ni idea del tema del examen. 

Ya no era solo el hecho de que estábamos cambiando el brindar formación por información. Ahora, mucho es solo simulación. Simulación de que asisten, sin asistir, y que estudian, sin estudiar. La modalidad les brinda el anonimato y la IA la competencia. 

Muchas, pero muchas veces me he encontrado preguntándome: ¿Nos estamos diciendo mentiras estudiantes, directivos y profesores con esto de la educación virtual? Pues para los directivos, los números de cobertura crecen y en las zonas más necesitadas del país; para los profesores, los estudiantes en el papel son competentes; y para los estudiantes, la universidad les está dando un título que dice que son ingenieros, u otra profesión, sin realmente serlo.    

¿Nos sorprende entonces que desde que haya terminado la pandemia la demanda por la educación virtual no haya parado de crecer en el país y el mundo? ¿Nos sorprende que el proyecto de la Universidad Digital tiene una demanda que envidiarían muchas instituciones del país que solo ofrecen programas presenciales?

El contraataque

Con un elaborado y calibrado esquema de evaluaciones, incentivos y castigos, y software especializado, logré que la gente prendiera la cámara, tuviera un mínimo de participación en clase, y se comprometiera a trabajar en grupo. Así mismo, detectar la presencia de la IA en el contenido evaluado. También, adopté la sustentación individual con cámara prendida y amarrada a la nota grupal, como último recurso para evaluar la competencia de los estudiantes y despertar algún sentido de interés y responsabilidad por la materia. 

En otras palabras, me convertí en un docente policía, pues además de preparar el curso con competencia, también tenía que volverme un experto en anticiparme a todas las modalidades de trampa posible, que con seguridad (y esto lo digo con tristeza), sé que me iban a hacer. Obviamente, el mal rato que les he estado haciendo pasar a esos 50 o 60 estudiantes "conectados-desconectados", me lo han cobrado en la evaluación docente que ha descendido en 7 puntos con respecto al mismo curso en la modalidad presencial. Curiosamente, a otros profesores que no les iba tan bien en su evaluación docente en la modalidad presencial, en la virtualidad florecieron, por que mucho de la nota que le ponen los estudiantes al profesor es proporcional a cómo les fue a ellos sin haber hecho mucho trabajo. 

La obligatoriedad de prender la cámara develó una realidad que hasta entonces medio intuía. Muchos estudiantes se conectaban desde sus lugares de trabajo: Bodegas, talleres, cocinas, hospitales y almacenes. Unos se conectan desde elegantes apartamentos en otros países, y varios desde ranchos humildes en cualquier región remota del país. Tuve a mucha gente haciendo sustentaciones desde celulares mientras manejaban el carro, estaban en el gimnasio, o hacían domicilios en bicicleta o moto. El colmo fue un estudiante sustentando el trabajo final con su celuar, con mala señal y sentado en un andén ruidoso. 

Algunos asistían a clase, pero para la mayoría, la clase era como la música de fondo dentro de las actividades diarias. El estar en la universidad es un accesorio, no la prioridad. Y para gente que tiene el tiempo, la modalidad también les permite que sea un accesorio. 

La digitalización de la información me permitió identificar que la mayoría de la gente miraba el material de clase los domingos o días festivos a una velocidad de reproducción máxima, y que el quiz que yo les dejaba para determinada fecha con un plazo de una semana, era respondido el día anterior entre las 10 PM y la media noche. Y esto, en muchos casos, ayudados por los grupos de WhatsApp creados al inicio del curso, en donde los estudiantes se mandaban las respuestas correctas de los exámenes. La confianza con alumnos y exalumnos del curso, me alertó del negocio rampante de la elaboración de trabajos y el uso masivo y sin vergüenza de la IA.  

Pese a todos mis esfuerzos académicos y policiales para controlar el fraude y la suplantación, sé que el sistema no es infalible. Yo no tengo control sobre quién hace efectivamente los quices virtuales y sobre quién hace los trabajos. Aún si no detecto el uso de la IA, yo no sé con certeza quién hizo el trabajo. Además, ante un curso tan numeroso, es imposible hacer una evaluación individual oral que me permita evaluar el nivel de aprendizaje del estudiante. Pero incluso, suponiendo que podemos hacer un examen oral a cada uno, me es imposible saber de qué medios o ayudas tecnológicas se está valiendo el estudiante sin tenerlo al frente. El fraude de los médicos en el examen de admisión para especializaciones en la Facultad de medicina, nos reveló las herramientas y los alcances tecnológicos de los que disponen algunos.

Los aprendizajes

Después de 6 años en la virtualidad he llegado a los siguientes aprendizajes: 

1. La percepción general de los aspirantes es que la educación virtual es más facil en todo sentido que la presencial y el mercado ya lo detectó. Es una educación más barata, flexible y accesible. Así mismo, las herramientas tecnológicas disponibles le permiten al estudiante simular un aprendizaje que no tienen. 

2. Mientras más masivos son los cursos, menos oportunidades se tiene de hacer una evaluación que nos garantice que el estudiante sí sabe, y que su nota tiene alguna relación con su desempeño real. 

3. Que la sustentación oral individual se convierte en la única herramienta que nos queda para evaluar el aprendizaje real del estudiante. Y esto funciona, si logramos detectar todos los mecanismos tecnológicos de fraude que una persona puede hacer con dispositivos electrónicos. 

4. Que el modelo de educación virtual no es la panacea que se pensó. ¿Es lo mismo un estudiante que fue a Stanford que otro que vio las clases de Stanford por Youtube? ¿Parte de la experiencia educativa no incluye también el cambiar de contexto? ¿Es la educación virtual una simulación de educación que en números se ve muy bien? 

5. Mi error fundamental fue adoptar la escala masiva del curso al asumir que todos los estudiantes eran como yo cuando tomé ese curso de informática. Yo quería aprender y tenía el tiempo. En mis cursos, quizá los estudiantes también quieren aprender, pero no tienen el tiempo, y sí todos los incentivos y oportunidades para simular su aprendizaje. 

6. El ahorro de la educación virtual NO debe darse en número de profesores, sino, en el número de instalaciones físicas. De hecho, cuanto más personalizada sea la educación, mejor se podrá ver si efectivamente el estudiantes sí está aprendiendo. El aprendizaje del futuro será como el del pasado, a través de los tutores y mentores intelectuales

Obviamente, debo reconocer que no todo ha sido negativo. De los 70 estudiantes que tengo por curso en cada semestre, 10 o 15 sí se lo toman en serio. 10 o 15 sí se conectan con el aprendizaje y aprovechan la experiencia educativa. 10 o 15 reciben un insumo en sus vidas que de ninguna otra forma fuera posible que lo tuvieran. Sin duda, estas personas serán muy buenos profesionales y cambiarán sus vidas y las de su entorno. Esto ha sido maravilloso, lo que pasa es que es muy poco. No es eficiente. Tenemos una infraestructura gigante que prácticamente le está regalando el título al 70%-80% de los estudiantes, para lograr un 20%-30% que sí sean verdaderos profesionales y ejerzan su profesión con ética, competencia y responsabilidad.

domingo, 4 de diciembre de 2022

Los emprendedores y el mito de la obsolescencia de la universidad

En los últimos 15 años el auge de las grandes empresas de base tecnológica como Apple, Microsoft, Facebook, entre otras, ha reivindicado a cierto tipo de personaje: el estudiante innovador que abandona la universidad. En nuestro medio, el mal llamado desertor. Con orgullo, y con un cierto sentimiento de alivio, se menciona que no graduados como Bill Gates (Microsoft), Mark Zuckerberg (Meta), Steve Jobs (Apple), Jack Dorsey (Twiter) y tantos otros, simplemente no necesitaron soportar los 4 o 5 años de vida universitaria para fundar sus empresas y ser exitosos. Su ejemplo, estaría mostrando la inutilidad estudiar para un difícil examen de admisión, pasar semanas enteras preparando exámenes, y aguantarse los estilos de enseñanza y métodos caprichosos de evaluación de profesores desconectados del “mundo real”. Tampoco sería necesario endeudarse y desplazarse de la ciudad de origen en búsqueda de una universidad de prestigio.

El mito de la clave del éxito y de un futuro promisorio que persuade a muchos aspirantes a la universidad, dependería esencialmente de cuatro aspectos: una idea innovadora, inversionistas arriesgados dispuestos a gastar en lo inimaginable, un garaje donde trabajar (porque el mito es que todas estas empresas empiezan en un garaje), y trabajo duro que pueda prescindir del sueño. Con estos cuatro ingredientes, la promesa es que cualquier emprendimiento en 10 años podría convertirse en una megaempresa que tendría además el atractivo de ser fundada por un disruptor que logró eludir las penalidades del sistema universitario.

En consecuencia, tampoco es de extrañarse que estos mismos emprendedores no graduados afirmen en repetidas entrevistas que no les importa si determinado candidato es graduado o no. Que los títulos y las calificaciones en últimas no predicen la capacidad del aspirante. Que lo único necesario para lograr ser contratado es lograr una buena entrevista, y de alguna forma, hacer creer al empleador que el aspirante tiene las capacidades para resolver problemas complejos de forma novedosa y divertida. En otras palabras, que el paso por la universidad no es necesario, de lo que se infiere que la universidad tampoco lo es.

Estas ideas, que son además parte del paquete promocional de las empresas mencionadas, han hecho carrera en los medios y la opinión pública hasta el punto de cuestionar la necesidad misma de la universidad como institución. Se ha llegado a afirmar que la universidad es obsoleta y que esta institución es un vestigio del pasado que no responde a las necesidades del presente y menos a las del futuro. Para muchos, sin considerar lo reduccionista de tales argumentos, lo necesario para encontrar trabajo se podría aprender en su mayoría en Youtube, a una fracción de los costos del sistema de educación universitario actual.

Si bien es cierto que muchos de los elementos del sistema universitario son hoy obsoletos, hay muchas falacias en las anteriores afirmaciones. El primer hecho es que es desproporcionado el número de emprendedores graduados con respecto a los no graduados. Especialmente si estamos hablando de empresas de base tecnológica y conocimiento especializado. Los emprendedores graduados no son objeto de tanta publicidad, mientras un no graduado que se convierte en billonario es toda una noticia. También, hay que reconocer que muchos de los que abandonan las universidades no lo hacen porque perciben que están perdiendo el tiempo, sino, porque precisamente lo que aprenden en la universidad les brinda la idea del emprendimiento y el llevarla a cabo lo más pronto posible se convierte en una ventana de oportunidad.

 Lo segundo, es que, aunque los fundadores de las empresas no son graduados, los que las administran en su gran mayoría sí lo son. Apple o Twitter no son manejadas por abogados, administradores y contadores que aprendieron en Youtube. No dudo que sea posible encontrar un muy buen programador que no haya pasado por una universidad, pero pensaría que es difícil encontrar un buen directivo en las mismas circunstancias. Casi todos sabemos que el no graduado Mark Zuckerberg fundó Facebook, pero pocos le hacen publicidad al hecho de que profesionales como Sheryl Sandberg, una eminente graduada de Harvard, era su directora operativa hasta hace poco. De las tres empresas más famosas fundadas por no graduados solo una no es administrada por personas graduadas. Satya Nadella gerente de Microsoft, es egresado de la Universidad de Chicago en reemplazo de Bill Gates. Tim Cook gerente de Apple, egresado de la Universidad de Duke, está a cargo del legado del no graduado Steve Jobs. Solo el gerente de Meta (antiguo Facebook) sigue siendo Mark Zuckerberg, y eso, ante la caída de valor de la gran empresa está por verse. Él énfasis en la no educación universitaria de los fundadores es más una estrategia para posicionar una empresa, una marca y a su fundador. Pero recordemos que no solo el fundador es la empresa. Este depende de todo un equipo directivo que con toda seguridad fue cuidadosamente elegido en un proceso de selección que con seguridad consideró la universidad de origen.

El mundo del emprendimiento todavía le debe mucho, sino es que todo, a la universidad como institución y las empresas emprendedoras exitosas lo saben, aunque no lo estén anunciando a los cuatro vientos. No en vano, Zuckerberg donó en 2021 USD $500 millones a su antigua alma mater, Harvard. Google repartió USD $50 entre otras cuantas universidades. La verdadera obsolescencia es la idea que tenemos de la universidad, todavía no hemos comprendido que esta es la más futurista institución del pasado.

lunes, 9 de abril de 2018

La política de educación superior más rentable en la historia de Colombia

Hasta no hace más de 5 años el tener algún tipo de maestría todavía indicaba sin lugar a dudas el haber alcanzado un buen nivel de educación superior. Las maestrías, en su concepción original, estaban diseñadas para cualificar al estudiante en la adquisición de un conocimiento avanzado para la resolución de un problema complejo dentro de su área de especialización. Ninguno de los pasos anteriores sería posible sin la adquisición de competencias en investigación.

En Europa, de dónde el concepto del máster es originario, el modelo siguió más o menos igual, pero en los países anglosajones, el magíster se dividió en distintas categorías respondiendo a las necesidades de estudiantes, empleadores y universidades. Lo que es claro es que el título que se obtiene corresponde a la modalidad del master elegido. Un programa con solo cursos, otorgaría un Master of Arts (M.A.). Un programa con cursos y desarrollo de tesis, otorgaría un Master of Sciences, (MSc).  El caso es que su título indica muy claramente a todos los interesados lo que hizo y lo que no.

En Colombia, después del decreto 1001 del 2006, se reglamentó la existencia de maestrías profesionalizantes o de profundización, y maestrías en investigación, tal y como se hiciera en los Estados Unidos. Pero a diferencia de allí, a ambas se les otorgó el mismo título. Tal regulación generó un profundo debate del cual aún no se encuentran respuestas satisfactorias, puesto que a muchos nos parece que las universidades estarían “regalando”, o peor aún, vendiendo el título de Master. Lo anterior, si se compara el esfuerzo adicional de los que hacen y defienden una tesis, sobre los que sólo hacen y aprueban cursos. También las universidades estarían confundiendo al estudiante al decirle que la investigación es algo opcional en un programa de maestría, cuando muchos consideramos que es esencial. Pese a lo anterior, lo que otros en las mismas universidades vieron fue la oportunidad de capitalizar tal pseudo-homologación.

El caso es que después de casi 12 años, el viejo debate ha sido menguado por la exitosa demanda y rendimiento económico de las maestrías profesionalizantes en las universidades más importantes del país. En todas sin excepción. Tal pseudo-homologación del ministerio ha sido irresistible, tanto para estudiantes confundidos, como para otros que quieren obtener su título de magíster sin tener que afrontar los rigores de defender una tesis. También para las universidades que quieren revitalizar su caja con este tipo de programas.  Esto, sin lugar a dudas, ha sido la política de educación superior más rentable que hayan tenido las universidades colombianas en toda su historia.

Por otro lado, quizá la justificación más loable a la oferta de este tipo de programas y al aprovechamiento de sus rendimientos, ha sido la de financiar a los estudiantes que sí quieren investigar. Pero no es justo educar bien a un estudiante, mintiéndole a otro al otorgarle un título que certifica unas competencias que no tiene.

Deben pasar algunos años para que se vea cuáles consecuencias, además de la económicas, este tipo de maestrías profesionalizantes tiene. Por lo pronto, ya se han dejado oír comentarios de algunos empleadores y estudiantes responsables que no ven el plus de este tipo de maestrías, además del de obtener un título que hasta ahora tiene más prestigio que el de especialista. Es posible que oferta y demanda entiendan que no es posible una verdadera profundización sin investigación.  Quizá el ministerio corrija lo que muchos consideramos un error, o de nuevo vuelva a sorprendernos con la aparición de los doctorados profesionalizantes. 

*Esta reflexión fue enviada, sin éxito, para ser publicada en la sección de opinión de UdeA Noticias.

miércoles, 20 de junio de 2012

La receta para tener una universidad pública violenta

Ante la violencia en las universidades públicas la prensa tilda a los estudiantes de desadaptados y vándalos. Tal vez la culpa sea del hecho de que algunos campus universitarios están diseñados para ofrecer todas las garantías a los que quieren fastidiar al estado ¿Son las universidades públicas de por sí violentas? ¿Se puede predecir en qué universidad habrá violencia?  

Lo primero es que en Colombia hay 32 universidades públicas. Y desde que los recortes y políticas cobijan a todas estas instituciones, uno podría esperar que la distribución de la protesta violenta fuese más uniforme en todas las regiones. Esto no es así. Ni siquiera esto ocurre al interior de las diferentes sedes de la Universidad Nacional. De hecho de las 32 universidades, la protesta se concentra especialmente en tres en Bogotá, dos en Medellín, una en Cali y una en Bucaramanga. En total 7 universidades de 32. Las más activas son la Universidad Nacional de Colombia, Sede Bogotá, y la Universidad de Antioquia en Medellín, en las cuales estimo se concentra más del 60% de los actos violentos.  

Estas 7 universidades comparten varias características que las hacen muy atractivas: Primero, poseen las más altas poblaciones de estudiantes que en algunos casos están en condiciones de hacinamiento. El flujo de personas que ingresan o salen es tan alto en algunos momentos, que los controles de seguridad son inviables o prácticamente imposibles. Segundo, ellas están diseñadas como grandes parques temáticos cerrados al estilo Panaca o el pueblito paisa. Un problema local rápidamente afecta a todo el campus. Y si alguien hace algo contra alguien de afuera, rápidamente este puede salvaguardarse dentro de las mallas de la universidad. Y cuarto, y quizá la más relevante, es que están cerca de vías cuya obstrucción no solo genera un gran caos, sino que atrae la acción de las autoridades. Por ejemplo: en Bogotá las protestas de la Universidad Nacional bloquean la 26, mientras que las de la Pedagógica y Distrital, lo hacen en la  72 y la circunvalación respectivamente. En Medellín, las protestas en la U de A bloquean la avenida Barranquilla, y las de la  Universidad Nacional el punto cero. En Cali, la Universidad del Valle, se bloquea la avenida Pasoancho, mientras que en la UIS en Bucaramanca se afecta el flujo de dos vías. En síntesis, es fácil entrar, camuflarse, generar disturbios, salvaguardarse detrás de las mallas del campus, camuflarse y salir.  En una situación como la actual el estado va a necesitar de muchos recursos para poder prevenir o impedir los actos violentos.  

Quizá el problema podría disolverse sacando a las universidades públicas de la posición de punto estratégico. En muchos países universidades públicas y privadas  están radicadas en pequeñas localidades y los edificios de las facultades separados los unos de los otros por negocios, casas y parques. Propongo un experimento muy barato que pondría a prueba mi teoría, cierren la avenida Barranquilla en Medellín por un semestre académico y contemos cuántas protestas violentas se registran.

domingo, 22 de abril de 2012

Los pseudo académicos al poder

Cada cierto tiempo las universidades públicas renuevan sus rectores, decanos y jefes de escuela y/o departamentos, lo que genera no poca inestabilidad, expectativas, tranquilidad, promesas y desilusiones. Sin entrar a discutir en esta columna si se necesitan o no estos funcionarios, yo quisiera argumentar que hay una clase de individuos que han estado llenando estos cargos, podríamos decir más frecuentemente ahora que que antes, implantando un estilo de valores y conceptos distintos de los que supuestamente deberían gobernar la universidad.

El advenimiento de estos personajes, y sobre todo su aceptación, creo yo, radica en el paradigma de la corporación como un modelo de eficiencia y logro de resultados. Algunos creen, y quizá este número va en aumento, que la universidad debería ser gobernada como una empresa, y por individuos más pragmáticos que deliverativos, más autónomos que dependientes, más negociantes que argumentadores, en últimas más administradores que profesores. 

De los que he visto, en su gran mayoría no son sujetos particularmente interesados en disquisiciones intelectuales como lo fueran en su momento Darío Valencia y Jaime Restrepo Cuartas ex rectores de la Universidad de Antioquia, o Gerardo Molina, Antanas Mockus o Marco Palacio ex rectores de la Universidad Nacional. La nueva generación de profesores administradores es un tipo de personas que yo llamo pseudo académicos, pues se caracterizan principalmente por: la búsqueda de prestigio a través de los cargos directivos de la universidad y no a través de su labor docente, su aversión a dictar clase, o a dictarla solamente a audiencias que puedan ser aliadas en un futuro. Adicionalmente, el interés mínimo en estar personalmente envueltos en investigación, pero en decir que son investigadores cuando están aspirando a un cargo, y muy particularmente, el liderazgo clientelista y una ética que confesada o escondidamente valora más la cantidad que la calidad, y lo rentable por encima de lo necesario. En otras palabras,  la universidad para ellos no es una forma de vida, sino un medio de llegar al mundo de los poderozos sin hacer carrera en el sector privado.

Quizá estos individuos son la respuesta del sistema a las nuevas presiones a las que se ha venido sometiendo la educación superior en términos de recursos, o simplemente están allí dado que hay todo un esquema clientelista que cooptar, o son los administradores frustrados que por algún motivo no consiguieron trabajo o prosperaron en el sector privado. En todo caso, estos individuos hacen carrera minimizando lo que más puedan su trabajo académico, y maximizando vorazmente sus ideas y gobierno sobre la academia y los académicos. Los que lo logran, crean un verdadero esquema en el que las personas y porciones de las universidades tienen dueño, pervirtiendo el debate de ideas, premiando las lealtades bajo el reino de feudos dogmáticos.

Aunque sé que los pseudo académicos saben y sobreviven de mostrar resultados, en esencia son ellos los sepultureros del sistema universitario. La historia ha mostrado que las ideas migran a donde está la libertad. 

domingo, 15 de mayo de 2011

Las Universidades con Ánimo de Lucro

Como alternativa para ampliar la cobertura en educación superior, el gobierno propone la entrada de las universidades con ánimo de lucro. Para algunos, estas ya operan en Colombia, y bajo el manto de fundaciones y cooperativas, hábilmente camuflan la repartición de utilidades. Lo que yo he encontrado, es un tipo de universidad que a primera vista podría asemejársele a lo que conocemos, pero que en esencia es un fenómeno distinto, que al menos en los Estados Unidos ha crecido a una tasa del 8.4% anual en los últimos años, mientras que las universidades públicas y privadas sin ánimo de lucro lo han hecho al 1.4%.

Para entender estas universidades hay que considerar un aspecto básico: son negocios que venden la educación como un servicio, a unos estudiantes clientes. Por lo tanto, se han especializado en atender la demanda de grupos que por diferentes circunstancias no han podido acceder a las universidades tradicionales: estudiantes trabajadores, mayores de 25 años, afroamericanos, hispanos y mujeres. La promesa al empresario es el trabajador que necesita, y al estudiante las habilidades que el mercado busca. En otras palabras, una garantía de empleo futuro que se respalda en una estrecha relación con el sector privado: un 59% de los estudiantes reciben subsidios de matrícula de las empresas que los emplean.

Estas universidades no son las más caras ni las más baratas. En un 85% se financian con matrículas de carreras que tienen una promesa de retorno rápido. Y si bien no reciben dineros públicos directamente, las matrículas que pagan sus estudiantes dependen en gran medida de los créditos que logran de instituciones gubernamentales. Son propiedad de grandes grupos económicos, los cuales rentablemente cotizan en bolsa sus empresas-universidades, dada la naturaleza contra cíclica de esta industria: en períodos de crisis, muchas personas buscan la educación como una forma de ser más competitivos en el mercado.

No ofrecen en su mayoría programas de humanidades, ni artes. No hacen investigación, ni pagan el mantenimiento de extensos campus con estadios, piscinas, jardines y museos. La mayoría de sus profesores son de cátedra, y se quedan muy poco tiempo, otros son gente que trabaja en la industria. Sus currículos son estandarizados, de modo que el tutor no pierda el tiempo preparando clase. Son los abanderados de la educación on line, pues después de pagar el diseño inicial del curso, el costo es prácticamente cero, y es la forma más efectiva de personalizar un producto masivo. Las tasas de graduación son más bien bajas, de modo que la Universidad de Phoenix (500.000 estudiantes), sólo alcanza una tasa del 16%. Sobre la calidad del modelo hay resultados encontrados. En buena medida esta evaluación depende de lo que se considere que es una educación de calidad.

En síntesis esta puede ser una descripción muy general del modelo que propone el gobierno. Un modelo que promete un gana-gana entre empresarios, gobierno y estudiantes, pero que depende de un fuerte componente regulatorio, y de una sociedad que defina qué es una educación con calidad ¿Es sólo aquella que garantiza empleo?

domingo, 17 de abril de 2011

Al que tiene se le dará: La financiación de las universidades de élite en Estados Unidos

Estudiando y trabajando en universidades públicas, he sentido como estas enfrentan la constante presión de buscar el reconocimiento de su rol en la sociedad, y tratar de demostrar por qué la inversión en educación pública superior no es un desperdicio. Esto ocurre especialmente cuando hay un cambio de gobierno, y la asignación del presupuesto reaviva los debates sobre cómo debería ser su financiamiento y el logro de sus objetivos. Allí las universidades echan mano de sus investigaciones, publicaciones, y como último recurso, de su misión constitucional, con el propósito de al menos defender el statu quo. Por otro lado, algunos sectores de la sociedad hartos de las protestas violentas, la incursión de encapuchados armados, el expendio de drogas, la delincuencia común, y hasta el mismo concepto de la educación pública, afianzan sus argumentos contra lo que califican una alcahuetería.

En últimas es un problema de recursos, donde el paradigma que se supone deberían seguir las universidades públicas latinoamericanas, es el de las ricas e influyentes universidades Norteamericanas. Pero ¿por qué son influyentes? Digamos porque han podido pagar, y muy bien, la investigación, la docencia, y la extensión que las hace visibles. En el caso de la Universidad de Stanford usando tres fuentes de recursos fundamentales: las matriculas (18%), la investigación patrocinada (32%) y la venta de servicios y retornos por inversiones (50%). Dentro de estos ingresos, es necesario identificar la importante contribución que hacen las donaciones con un 18% de los ingresos totales en en 2009.

Cito el caso de la Universidad de Stanford, pues es la universidad que al 2009 estaba en el primer lugar del top 20 de las donaciones, unos $640.11 millones de dólares, el equivalente aproximado al 125 % del presupuesto de toda la Universidad Nacional de Colombia, y el 515% de la Universidad de Antioquia en el mismo año. Es decir, con lo que recibe la Universidad de Stanford vía filantropía, en Colombia podríamos pagar un año de funcionamiento de la Universidad Nacional con todas sus sedes, y 5 Universidades de Antioquia. La filantropía es uno de los motores de universidades tan prestigiosas como Harvard, Cornell, Pennsylvania, John Hopkins, MIT, etc.

Si quisiéramos que las universidades públicas latinoamericanas se asemejasen a las instituciones Norteamericanas, tendríamos que emular además su política para captar y administrar donaciones, las cuales no sólo benefician a la universidad sino al donante. Las donaciones son a nivel mundial una de las fuentes de ingresos y prestigio más importantes con las que cuentan para su funcionamiento las universidades. En Colombia, Instituciones como la Universidad de los Andes, la Universidad de la Sabana, y Uniminuto, han logrado fomentar esta fuente de ingresos que demandan resultados y una ejecución responsable. Por su parte, la Universidad Nacional de Colombia ofrece un portal en el cual invita a sus egresados a donar. Esto es un gran avance, y ojalá motive a la creación de una cultura de la donación hacia el resto de las universidades públicas.

viernes, 30 de octubre de 2009

Madres jóvenes

En el libro Freakonomics, se recoge un interesante debate sobre cuál podría haber sido la causa del rápido descenso de los principales indicadores de violencia en los Estados Unidos, a partir del año 1990. La caída vertiginosa ha suscitado una serie de estudios, los cuales no parecen llegar a algún consenso. Algunos autores sugieren que fue el incremento del número de policías y los tiempos de confinamiento. Otros, la implementación de novedosas estrategias policivas, como lo fuera la Teoría de las ventanas rotas. En el libro, se argumenta que el aumento de policías sólo explicaría alrededor de un 10% de la disminución de crímenes, y el de prisioneros cerca de una tercera parte, ¿Qué hay del 60% restante?

La respuesta es tan inesperada como controvertida: La legalización del aborto. Los autores muestran que en los primeros estados en legalizarlo, se presentó este patrón de descenso 20 años después. Es decir, el tiempo aproximado en que la cohorte de niños nacidos en 1970, llega a las calles como adolescentes problemáticos. Los estados que lo harían a partir de la sentencia de la Suprema Corte del 22 de enero de 1973, presentaron el mismo comportamiento en circunstancias semejantes a las de la cohorte del 70.

Las madres que desean abortar, son en su mayoría adolescentes que no tienen las condiciones adecuadas para educar responsablemente a sus hijos. La legalización del aborto, permitiría que desde el mismo vientre, se terminara la gestación de posibles futuros criminales. Ahora, el libro no plantea una justificación o apología al aborto. Lo que pretende es la explicación de un fenomeno social, y afortunada o infortunadamente, es el aborto el hecho que más contundente permite hacerlo.

En el 2008, se registraron cerca de 16.400 homicidios y 1.5 millones de abortos en E.U. En 1973 fueron 18.880 homicidios y 750.000 abortos. Es decir, si la teoría es cierta, un aumento en 750 mil abortos entre 1973 y 2008, ha implicado una disminución en homicidios en el mismo lapso de 2.480. Tal y como lo manifiestan los autores, el aborto como estrategia es sumamente ineficiente, pues por cada aborto se evitaría 0,0033 homicidios. Pero además, para algunas personas un feto aun no es un ser viviente. Para los que creemos que lo es, el caso despierta más problemas de conciencia. Es un cambio de muertes silenciosas, discretas y asépticas, por muertes que generan noticia y conmoción, en una relación de 303 fetos, por persona no asesinada.

La educación de las jóvenes madres ha probado ser una excelente estrategia para evitar que estas terminen con la vida de sus hijos en su vientre, o los vean morir años después como consecuencia de una vida sin oportunidades. En Medellín, las tasas de fecundidad más altas de madres adolescentes se dan en las comunas del Popular, Villa Hermosa, Santacruz, Aranjuez y Manrique. Las más altas tasas de homicidio en: Aranjuez, La Candelaria, Manrique, Villa Hermoza, Castilla y Belén. ¿Alguna relación?