La educación universitaria está enfrentando un gran reto impensable hace 15 años: justificar su pertinencia. El alcanzar un título universitario, la vía hasta ahora más segura para lograr la movilidad social, perdió su monopolio. La nueva tendencia es que el saber práctico es más importante que el solo saber, y desde que las nuevas tecnologías y plataformas digitales lo han posibilitado, incluso sin un saber y solo con el ser, se puede construir un patrimonio lícito a un costo infinitamente menor. Además, ¿para qué universidades si las empresas y organizaciones tienden a demandar competencias en vez de profesiones?, o lo que es peor aún ¿para qué universidades si existe la inteligencia artificial que puede hacer el trabajo de un profesional?
Para pensar en la relevancia futura y presente de la universidad hay que considerar varias cosas. La primera es que hay que reconocer que el hacer parte de una comunidad académica es también una forma de vida necesaria en la sociedad. Quizá más ahora que en cualquier otro momento. En el ideal, una comunidad académica debería buscar la verdad independientemente del rédito económico, posibilitar la libertad de investigación, ser un ejemplo de autogobierno, ser el salvaguarda del pensamiento crítico, del rigor intelectual, la universalidad del conocimiento, el mérito académico, la integridad y la honestidad, y todo esto, ojalá para el servicio a la comunidad.
En algún lugar del mundo debe haber un espacio en el que exista una comunidad que pueda generar productos que estén más allá de la verdad conveniente, del mínimo viable, del límite del acuerdo contractual o la sostenibilidad financiera. Una comunidad que pueda estudiar y pensar la realidad sin la presión del rendimiento a corto plazo, y pueda generar un conocimiento que sea prioritariamente veraz, más que útil, o rentable. Creámoslo o no, mucho o casi todo sobre lo que está posada la civilización moderna, depende de la labor paciente y silenciosa de la preservación del conocimiento "inútil".
Lo segundo, es que hay que considerar que en una misma comunidad académica confluyen la universidad investigadora y la universidad educadora-certificadora. La universidad investigadora estudia y propone ideas creativas de acuerdo con las necesidades y problemas provenientes de las diferentes disciplinas del conocimiento. La universidad educadora-certificadora se ocupa en el ejercicio de la trasmisión y la certificación de un conocimiento a las personas que pagan por este servicio. Esta universidad debe responder principalmente a las demandas de un mercado y la sociedad. Esta es la universidad del 92% de los estudiantes que no están buscando un futuro académico como investigadores, y es precisamente sobre este tipo de universidad, sobre la que recaen todos los cuestionamientos sobre su necesidad de replanteamiento y pertinencia. Y esto se debe principalmente a que la tecnología posibilitó la existencia de productos educativos que son aceptados por las empresas como sustitutos a la educación formal, y a muy bajo costo dados los descuentos que posibilitan la virtualidad (ahorro de campus) y la IA (ahorro de profesores).
Naturalmente, esto es y será devastador para las universidades públicas o privadas que se financian principalmente por recursos de matrículas. Si analizamos la distribución del ingreso de las universidades públicas líderes en Latinoamérica, veremos que se distribuye así: Recursos públicos que esencialmente cubren costos de matrículas está entre un 50–90%, Investigación y contratos entre un 5–20%, Matrículas, entre un 0–20%, Educación continua y servicios entre un 2–10%, y Donaciones y patrimonio menor o igual al 5%. Por su parte, las universidades privadas líderes de Latinoamérica la distribución de sus ingresos es muy semejante: Matrículas (60–85%), educación continua, consultoría y servicios (5–15%), Investigación financiada (5–15%), las Donaciones (1–10%) y Rendimientos patrimoniales ( <5%). La gran dependencia de la universidad en su función educadora-certificadora es esencialmente su mayor vulnerabilidad. A menos que se meta en el "juego" y se apropie de estas tecnologías.
De otro lado, si se analiza la forma de financiarse de las universidades más reconocidas del mundo (Ivy league y otras) podremos ver que en la distribución de sus ingresos, la dependencia en las matrículas NO tienen el mismo peso. Los rendimientos de fondos patrimoniales está entre el 30–40%, los recursos de investigación financiados por gobiernos, empresas, fundaciones constituye un 20–30%, las matrículas están entre un 15–25%, las donaciones (clave para estas universidades) está entre el 5–15%, y otros servicios como residencias, alimentación y educación continua proveen entre un 5–20%. Una composición del ingreso muy diferente y con una gran similitud a las comunidades monásticas que buscan autosostenerse para poder pagar su estilo de vida.
Eso explica por qué Harvard, MIT y Stanford no están enfocadas en la educación virtual y sí en la educación presencial, la investigación de frontera, la interacción directa entre estudiantes y profesores, la potenciación de laboratorios e infraestructura científica, la configuración y apoyo de redes académicas y profesionales, y el fomento de las experiencias extracurriculares y vida universitaria. Todo esto, está aún en donde la tecnología todavía no ha podido sustituir al hombre, y a lo mejor no lo deba hacer.
No sé cuál de los dos modelos triunfará, en el primer modelo (dependiente de las matrículas) se tiene una amplia cobertura, y quizá una aceptable o muy buena transmisión de información que no sé si esto es igual a mejor educación. El segundo modelo (no exclusivamente dependiente de matrículas) es elitista, ofrece la posibilidad de la interacción humana y en últimas es el modelo que incorpora el elemento humano. En estos dos modelos se debaten el acceso a la información versus el acceso a la experiencia. En otras palabras, el primer modelo propone una clase con el avatar de Sócrates, mientras que el segundo, una clase con Sócrates mismo. Con sus defectos y virtudes.
Lo que sí sé es que el primer modelo depende del segundo, pues el segundo es el que dirige y genera la información que capitaliza el primero. También sé, que solo en el segundo modelo mi estilo de vida, el de muchos de mis colegas y estudiantes tiene cabida. Pero también sé que en este mundo, infinitamente más rico en recursos que el mundo antiguo, es paradójicamente más intransigente con el ejercicio de comunidades que se dedican al conocimiento "inutil" y la contemplación de lo bello. Nuestro estilo de vida no puede estar sobre las espaldas de nadie, tanto por justicia como por seguridad. Nuestro futuro dependerá enteramende de que podamos financiar nuestra independencia e irremplazabilidad, y de que encontremos en la labor educativa, la esencia de lo que no pueden hacer las máquinas.