sábado, 6 de junio de 2026

La defensa de la universidad en este mundo posmoderno: ¿Un problema educativo o financiero?

La educación universitaria está enfrentando un gran reto impensable hace 15 años: justificar su pertinencia. El alcanzar un título universitario, la vía hasta ahora más segura para lograr la movilidad social, perdió su monopolio. La nueva tendencia es que el saber práctico es más importante que el solo saber, y desde que las nuevas tecnologías y plataformas digitales lo han posibilitado, incluso sin un saber y solo con el ser, se puede construir un patrimonio lícito a un costo infinitamente menor. Además, ¿para qué universidades  si las empresas y organizaciones tienden a demandar competencias en vez de profesiones?, o lo que es peor aún ¿para qué universidades si existe la inteligencia artificial que puede hacer el trabajo de un profesional?

Para pensar en la relevancia futura y presente de la universidad hay que considerar varias cosas. La primera es que hay que reconocer que el hacer parte de una comunidad académica es también una forma de vida necesaria en la sociedad. Quizá más ahora que en cualquier otro momento. En el ideal, una comunidad académica debería buscar la verdad independientemente del rédito económico, posibilitar la libertad de investigación, ser un ejemplo de autogobierno, ser el salvaguarda del pensamiento crítico, del rigor intelectual, la universalidad del conocimiento, el mérito académico, la integridad y la honestidad, y todo esto, ojalá para el servicio a la comunidad. 

En algún lugar del mundo debe haber un espacio en el que exista una comunidad que pueda generar productos que estén más allá de la verdad conveniente, del mínimo viable, del límite del acuerdo contractual o la sostenibilidad financiera. Una comunidad que pueda estudiar y pensar la realidad sin la presión del rendimiento a corto plazo, y pueda generar un conocimiento que sea prioritariamente veraz, más que útil, o rentable. Creámoslo o no, mucho o casi todo sobre lo que está posada la civilización moderna, depende de la labor paciente y silenciosa de la preservación del conocimiento "inútil".

Lo segundo, es que hay que considerar que en una misma comunidad académica confluyen la  universidad investigadora y la universidad educadora-certificadora. La universidad investigadora estudia y propone ideas creativas de acuerdo con las necesidades y problemas provenientes de las diferentes disciplinas del conocimiento. La universidad educadora-certificadora se ocupa en el ejercicio de la trasmisión y la certificación de un conocimiento a las personas que pagan por este servicio. Esta universidad debe responder principalmente a las demandas de un mercado y la sociedad. Esta es la universidad del 92% de los estudiantes que no están buscando un futuro académico como investigadores, y es precisamente sobre este tipo de universidad, sobre la que recaen todos los cuestionamientos sobre su necesidad de replanteamiento y pertinencia. Y esto se debe principalmente a que la tecnología posibilitó la existencia de productos educativos que son aceptados por las empresas como sustitutos a la educación formal, y a muy bajo costo dados los descuentos que posibilitan  la virtualidad (ahorro de campus) y la IA (ahorro de profesores). 

Naturalmente, esto es y será devastador para las universidades públicas o privadas que se financian principalmente por recursos de matrículas. Si analizamos la distribución del ingreso de las universidades públicas líderes en Latinoamérica, veremos que se distribuye así:  Recursos públicos que esencialmente cubren costos de matrículas está entre un 50–90%, Investigación y contratos entre un 5–20%, Matrículas, entre un 0–20%, Educación continua y servicios entre un  2–10%, y Donaciones y patrimonio menor o igual al 5%.  Por su parte, las universidades privadas líderes de Latinoamérica la distribución de sus ingresos es muy semejante: Matrículas (60–85%), educación continua, consultoría y servicios (5–15%), Investigación financiada (5–15%), las Donaciones  (1–10%) y Rendimientos patrimoniales ( <5%). La gran dependencia de la universidad en su función educadora-certificadora es esencialmente su mayor vulnerabilidad. A menos que se meta en el "juego" y se apropie de estas tecnologías.

De otro lado, si se analiza la forma de financiarse de las universidades más reconocidas del mundo (Ivy league y otras) podremos ver que en la distribución de sus ingresos, la dependencia en  las matrículas NO tienen el mismo peso. Los rendimientos de fondos patrimoniales está entre el 30–40%, los recursos de investigación financiados por gobiernos, empresas, fundaciones constituye un 20–30%, las matrículas están entre un 15–25%, las donaciones (clave para estas universidades) está entre el 5–15%, y otros servicios como residencias, alimentación y educación continua proveen entre un 5–20%. Una composición del ingreso muy diferente y con una gran similitud a las comunidades monásticas que buscan autosostenerse para poder pagar su estilo de vida. 

Eso explica por qué Harvard, MIT y Stanford no están enfocadas en la educación virtual y sí en la educación presencial, la investigación de frontera, la interacción directa entre estudiantes y profesores, la potenciación de laboratorios e infraestructura científica, la configuración y apoyo de redes académicas y profesionales, y el fomento de las experiencias extracurriculares y vida universitaria. Todo esto, está aún en donde la tecnología todavía no ha podido sustituir al hombre, y a lo mejor no lo deba hacer. 

No sé cuál de los dos modelos triunfará, en el primer modelo (dependiente de las matrículas) se tiene una amplia cobertura, y quizá una aceptable o muy buena transmisión de información que no sé si esto es igual a mejor educación. El segundo modelo (no exclusivamente dependiente de matrículas) es elitista, ofrece la posibilidad de la interacción humana y en últimas es el modelo que incorpora el elemento humano. En estos dos modelos se debaten el acceso a  la información versus el acceso a la experiencia. En otras palabras, el primer modelo propone una clase con el avatar de Sócrates, mientras que el segundo, una clase con Sócrates mismo. Con sus defectos y virtudes.

Lo que sí sé es que el primer modelo depende del segundo, pues el segundo es el que dirige y genera  la información que capitaliza el primero. También sé, que solo en el segundo modelo mi estilo de vida, el de muchos de mis colegas y estudiantes tiene cabida. Pero también sé que en este mundo, infinitamente más rico en recursos que el mundo antiguo, es paradójicamente más intransigente con el ejercicio de comunidades que se dedican al conocimiento "inutil" y la contemplación de lo bello. Nuestro estilo de vida no puede estar sobre las espaldas de nadie, tanto por justicia como por seguridad. Nuestro futuro dependerá enteramende de que podamos financiar nuestra independencia e irremplazabilidad, y de que encontremos en la labor educativa, la esencia de lo que no pueden hacer las máquinas. 

lunes, 18 de mayo de 2026

El avance de la educación virtual: entre la formación y la simulación

La panacea 

Mientras que muchas universidades en Colombia han observado con preocupación el decrecimiento sostenido de las inscripciones a los programas presenciales, las universidades que ofrecen programas en la modalidad virtual no paran de tener demandas crecientes. No es de sorprenderse el hecho de que la universidad con más estudiantes en el país es la Universidad Nacional Abierta y a distancia, UNAD, con unos 339.000. Esta, está lejos de la segunda universidad con más estudiantes, Uniminuto con 92 mil, y la tercera, la Nacional con 55 mil.

Desde la pandemia, me vi obligado a dictar clase en la modalidad virtual como casi todos los docentes. Al principio la experiencia fue desafiante, pues en la virtualidad la relación docente estudiante se parece más a la de locutor audiencia. Posteriormente, también advertí las ventajas: la sistematización de la evaluación, las sesiones pregrabadas, el tamaño de la audiencia, y por ende, el alcance del mensaje. Quizá, la mejor de todas, ha sido la no localidad de la sesión. Es decir, la posibilidad de estar conectado con personas en cualquier rincón del país. Recuerdo un curso en el que después de una interacción con cuatro estudiantes había "recorrido" de Sibundoy Putumayo, a Bucaramanga Santander, luego a Bahía Solano Chocó, y finalmente a Cáceres, Antioquia. Una maravilla. La propuesta educativa de la Universidad de Antioquia estaba llegando a los confines más apartados de la geografía colombiana, cerrando por fin una brecha injusta.

Durante la pandemia yo mismo tomé un curso virtual en informática con otros 2.500 estudiantes de todo el mundo. No conocí a ninguno de ellos, ni tuve una relación con el profesor, sin embargo, yo aprendí lo que necesitaba de un material pregrabado, escuchando a un célebre profesor de Stanford, y pensé que el modelo se podía imitar en la UdeA, con ciertas mejoras. La pandemia terminó y yo seguí con mi experimento, dicté cursos masivos de más de 50 estudiantes, pues ¿Cómo le iba a exigir a la universidad que me asignara solo 25 estudiantes, cuándo en el mundo los cursos virtuales están pensados para cientos de ellos? Además, la crisis económica de la universidad me dio la motivación perfecta para insistir en mi aproximación. Yo estaba haciendo el trabajo de tres profesores ¡Qué productividad! ¡Que ahorro para el Alma Máter! Sacaba pecho con la esperanza de que algún día la universidad copiara y notara mi iniciativa.

La experiencia

Mi experimento iba avanzando por varios semestres, y  fueron pasando varias cosas que me iban mostrando otro panorama, la pandemia fue cediendo, los estudiantes, y especialmente los estudiantes trabajadores, que son en mayoría las personas que están demandando los programas virtuales, volvieron a sus puestos de trabajo. Los silencios en la clase se volvieron más prolongados y la participación era mínima. En las sesiones por Zoom, me daba cuenta que mantenía una interacción fluida con quizá 10 estudiantes, de las 50 o 60 personas "conectadas-desconectadas" que nunca abrieron la boca y que permanecían aún en la sesión, a pesar de que la clase ya había terminado. 

El número de conectados disminuía en tres meses del 100% al 25%, y llegaba a su mínima expresión cuando la gente ya contaba con el promedio que les garantizaban el 3 para pasar el curso. Me consternaba mucho el identificar que la nota final que sacaba la mayoría, no correspondía con mi percepción del nivel de aprendizaje de los estudiantes. 

También me percaté de que el tipo de estudiante que demanda esta modalidad no es en promedio el mismo de la presencialidad. Muchos de ellos se inscriben al programa, para obligarse a estudiar, como lo hace uno cuando compra la subscripción a un gimnasio, o al curso de inglés que sabe que necesita. Otras personas, sólo demandarían la modalidad por el título profesional y nada del aprendizaje. Muchos son técnicos que requieren del título para crecer en la empresa y subir el sueldo. En general, la mayoría son gente ocupada y con unas grandes presiones para acabar fácil y rápido, aprovechando sin ningún miramiento cualquier tipo de "papaya" que yo les de. Además, muchos vienen de regiones en donde la corrupción y la trampa son mucho más rampantes, y la trampa en la UdeA es para muchos parte de lo mismo. Es duro y triste decirlo, pero es la verdad.  

Para rematar, el lanzamiento del ChatGPT el 30 de noviembre de 2022, y su conocimiento y dominio desde entonces, les dio a los estudiantes la capacidad de presentar trabajos y resolver exámenes sin saber absolutamente nada. Los profesores de matemáticas, física e ingeniería hemos venido sintiendo la pérfida mejora. Estudiantes con buenas notas que no tienen ni idea del tema del examen. 

Ya no era solo el hecho de que estábamos cambiando el brindar formación por información. Ahora, mucho es solo simulación. Simulación de que asisten, sin asistir, y que estudian, sin estudiar. La modalidad les brinda el anonimato y la IA la competencia. 

Muchas, pero muchas veces me he encontrado preguntándome: ¿Nos estamos diciendo mentiras estudiantes, directivos y profesores con esto de la educación virtual? Pues para los directivos, los números de cobertura crecen y en las zonas más necesitadas del país; para los profesores, los estudiantes en el papel son competentes; y para los estudiantes, la universidad les está dando un título que dice que son ingenieros, u otra profesión, sin realmente serlo.    

¿Nos sorprende entonces que desde que haya terminado la pandemia la demanda por la educación virtual no haya parado de crecer en el país y el mundo? ¿Nos sorprende que el proyecto de la Universidad Digital tiene una demanda que envidiarían muchas instituciones del país que solo ofrecen programas presenciales?

El contraataque

Con un elaborado y calibrado esquema de evaluaciones, incentivos y castigos, y software especializado, logré que la gente prendiera la cámara, tuviera un mínimo de participación en clase, y se comprometiera a trabajar en grupo. Así mismo, detectar la presencia de la IA en el contenido evaluado. También, adopté la sustentación individual con cámara prendida y amarrada a la nota grupal, como último recurso para evaluar la competencia de los estudiantes y despertar algún sentido de interés y responsabilidad por la materia. 

En otras palabras, me convertí en un docente policía, pues además de preparar el curso con competencia, también tenía que volverme un experto en anticiparme a todas las modalidades de trampa posible, que con seguridad (y esto lo digo con tristeza), sé que me iban a hacer. Obviamente, el mal rato que les he estado haciendo pasar a esos 50 o 60 estudiantes "conectados-desconectados", me lo han cobrado en la evaluación docente que ha descendido en 7 puntos con respecto al mismo curso en la modalidad presencial. Curiosamente, a otros profesores que no les iba tan bien en su evaluación docente en la modalidad presencial, en la virtualidad florecieron, por que mucho de la nota que le ponen los estudiantes al profesor es proporcional a cómo les fue a ellos sin haber hecho mucho trabajo. 

La obligatoriedad de prender la cámara develó una realidad que hasta entonces medio intuía. Muchos estudiantes se conectaban desde sus lugares de trabajo: Bodegas, talleres, cocinas, hospitales y almacenes. Unos se conectan desde elegantes apartamentos en otros países, y varios desde ranchos humildes en cualquier región remota del país. Tuve a mucha gente haciendo sustentaciones desde celulares mientras manejaban el carro, estaban en el gimnasio, o hacían domicilios en bicicleta o moto. El colmo fue un estudiante sustentando el trabajo final con su celuar, con mala señal y sentado en un andén ruidoso. 

Algunos asistían a clase, pero para la mayoría, la clase era como la música de fondo dentro de las actividades diarias. El estar en la universidad es un accesorio, no la prioridad. Y para gente que tiene el tiempo, la modalidad también les permite que sea un accesorio. 

La digitalización de la información me permitió identificar que la mayoría de la gente miraba el material de clase los domingos o días festivos a una velocidad de reproducción máxima, y que el quiz que yo les dejaba para determinada fecha con un plazo de una semana, era respondido el día anterior entre las 10 PM y la media noche. Y esto, en muchos casos, ayudados por los grupos de WhatsApp creados al inicio del curso, en donde los estudiantes se mandaban las respuestas correctas de los exámenes. La confianza con alumnos y exalumnos del curso, me alertó del negocio rampante de la elaboración de trabajos y el uso masivo y sin vergüenza de la IA.  

Pese a todos mis esfuerzos académicos y policiales para controlar el fraude y la suplantación, sé que el sistema no es infalible. Yo no tengo control sobre quién hace efectivamente los quices virtuales y sobre quién hace los trabajos. Aún si no detecto el uso de la IA, yo no sé con certeza quién hizo el trabajo. Además, ante un curso tan numeroso, es imposible hacer una evaluación individual oral que me permita evaluar el nivel de aprendizaje del estudiante. Pero incluso, suponiendo que podemos hacer un examen oral a cada uno, me es imposible saber de qué medios o ayudas tecnológicas se está valiendo el estudiante sin tenerlo al frente. El fraude de los médicos en el examen de admisión para especializaciones en la Facultad de medicina, nos reveló las herramientas y los alcances tecnológicos de los que disponen algunos.

Los aprendizajes

Después de 6 años en la virtualidad he llegado a los siguientes aprendizajes: 

1. La percepción general de los aspirantes es que la educación virtual es más facil en todo sentido que la presencial y el mercado ya lo detectó. Es una educación más barata, flexible y accesible. Así mismo, las herramientas tecnológicas disponibles le permiten al estudiante simular un aprendizaje que no tienen. 

2. Mientras más masivos son los cursos, menos oportunidades se tiene de hacer una evaluación que nos garantice que el estudiante sí sabe, y que su nota tiene alguna relación con su desempeño real. 

3. Que la sustentación oral individual se convierte en la única herramienta que nos queda para evaluar el aprendizaje real del estudiante. Y esto funciona, si logramos detectar todos los mecanismos tecnológicos de fraude que una persona puede hacer con dispositivos electrónicos. 

4. Que el modelo de educación virtual no es la panacea que se pensó. ¿Es lo mismo un estudiante que fue a Stanford que otro que vio las clases de Stanford por Youtube? ¿Parte de la experiencia educativa no incluye también el cambiar de contexto? ¿Es la educación virtual una simulación de educación que en números se ve muy bien? 

5. Mi error fundamental fue adoptar la escala masiva del curso al asumir que todos los estudiantes eran como yo cuando tomé ese curso de informática. Yo quería aprender y tenía el tiempo. En mis cursos, quizá los estudiantes también quieren aprender, pero no tienen el tiempo, y sí todos los incentivos y oportunidades para simular su aprendizaje. 

6. El ahorro de la educación virtual NO debe darse en número de profesores, sino, en el número de instalaciones físicas. De hecho, cuanto más personalizada sea la educación, mejor se podrá ver si efectivamente el estudiantes sí está aprendiendo. El aprendizaje del futuro será como el del pasado, a través de los tutores y mentores intelectuales

Obviamente, debo reconocer que no todo ha sido negativo. De los 70 estudiantes que tengo por curso en cada semestre, 10 o 15 sí se lo toman en serio. 10 o 15 sí se conectan con el aprendizaje y aprovechan la experiencia educativa. 10 o 15 reciben un insumo en sus vidas que de ninguna otra forma fuera posible que lo tuvieran. Sin duda, estas personas serán muy buenos profesionales y cambiarán sus vidas y las de su entorno. Esto ha sido maravilloso, lo que pasa es que es muy poco. No es eficiente. Tenemos una infraestructura gigante que prácticamente le está regalando el título al 70%-80% de los estudiantes, para lograr un 20%-30% que sí sean verdaderos profesionales y ejerzan su profesión con ética, competencia y responsabilidad.